El Viejo y El Mar

Este año me he propuesto leer más; algo fácil ya que menos no se puede. Aunque creo que en general, cada vez leemos menos. Acostumbrado a leer blogs y noticias en Internet, en las que resaltan los contenidos más importantes con negritas o cursivas, recorro las palabras y líneas en busca de comodines que me hagan el recorrido más corto, aún a sabiendas de que puedo perderme información importante.

Soy de pocos libros, pero en todo caso que sean en papel

El viejo y el mar (The Old Man and the Sea) fue escrita en Cuba por Ernest Hemingway en 1951.

No sabría decir si se trata de una novela corta o un cuento largo, ya que tampoco es muy extenso, pero lo que si está claro es que todo el mundo la sitúa como uno de los trabajos de ficción más destacados del siglo XX, y ayudó a que en 1953 Hemingway recibiera el Premio Pulitzer y el Nobel de Literatura.

El relato de la épica lucha entre un viejo pescador, con una racha de mala suerte, y un gigantesco pez espada.

La historia se desarrolla en La Habana (Cuba) y su protagonista, El Viejo, se llama Santiago, un pescador mayor que lleva tiempo sin pescar nada en condiciones. Un día, decide salir a pescar sólo y consigue atrapar un enorme pez espada con el que tendrá una lucha a vida o muerte, ya que el pez lo arrastra mar adentro. La lucha dura tres días, en los que Santiago no deja de mologuear recordando tiempos mejores de su juventud cuando era fuerte y pescaba con mayor fortuna.

En el libro nos encontraremos con enseñanzas sobre la lucha contra la adversidad, la soledad, el respecto, la constancia y la valentía, la amistad…

Personalmente, me quedo con estos 2 extractos del libro

Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o de un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.

Se consideraba una virtud no hablar innecesariamente en el mar y el viejo siempre lo había considerado así y lo respetaba. Pero ahora expresaba sus pensamientos en voz alta muchas veces, puesto que no había nadie a quien pudiera mortificar.

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